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Apuntes: Alfarería del antiguo Perú

ALFARERIA

por Roger Ravines (*)

Por muchos años, la cerámica antigua del Perú ha sido objeto de especial atención, y su edad relativa, perfección tecnológica, así como las características de sus principales formas y estilos son bastante conocidos, al punto que gran parte de la historia cultural andina es un registro de sus cambios estilísticos, cambios que desde el punto de vista tipológico resultan elementos guías con fines cronológicos.

La aparición de las primeras manifestaciones alfareras en los Andes han sido estimadas en 1800 años a. C., para la costa central y nor- central, y en aproximadamente 200 años menos para la costa norte (Lanning 1967: 83). Mientras que los centros alfareros más antiguos de Sudamérica: Puerto Hormiga en Colombia y Valdivia en el Ecuador, tienen fechados de C14 que varían entre los 3090 ± 70 (SI-153) y 2500 ± 90 (SI- 22), a. C. Respectivamente. De ello se desprende que 1o único evidente, a la fecha, es que el lugar de origen de la cerámica sudamericana se encuentra fuera de los Andes peruanos y que su difusión siguió un proceso complejo.

Por otro lado, pese a los millones de vasijas producidas en el Perú antiguo, desde el Período Inicial (l800 a.C.) hasta el siglo XVI en que se produjo la ruptura del proceso de desarrollo independiente de la sociedad andina, existen escasas noticias documentales sobre sus técnicas de manufactura.

De la época Inca, la más cercana a nosotros, y de la cual tenemos un cúmulo de observaciones, sabemos que la fabricación de alfarería estuvo regulada y controlada por el Estado, y que hubo sañucamayoc, oficiales especialistas encargados de tales tareas. Incluso "al formarse el Imperio Inca y necesitarse un aumento en la producción alfarera para suplir la demanda del Estado, se recurrió al trasplante de parcialidades enteras especializadas en un oficio. Los más solicitados fueron 1as olleros... y no sólo el Cusco, la capital del Tahuantinsuyo gozaba de estos mitmay, sino que estuvieron dispuestos a lo largo de la sierra, en los lugares donde era necesario un mayor número de objetos manufacturados.

Por diversos documentos sabemos que en Cajamarca vivía una parcialidad de alfareros yungas, venidos de Collique, mientras otra residía en Huamachuco" (Rostworowski 1975: 325). Conocemos, igualmente, a través de los primeros lexicones y vocabularios de la Lengua General, algunos de los nombres de las vasijas, que durante la época incaica y primeros años de la colonia estuvieron en uso: callana, tiesto; cancana, azador, chchamillco, olla de tres pies; kayan, vaso; makma, tinajón grande; manca, olla; ppucu, escudilla; puyñu, cántaro, sañu micuna, plato de barro; tocco chimpu, cazuela para tostar maíz; tteco, cántaro grande; uchu pucu, salsera; uirqque, tinajón boquiancho; uissina, jarro de sacar agua; uitcu, jarro de pico; urpu, cántaro más grande. Guamán Poma, haciendo el inventario de la habitación de una familia común, menciona entre otras cosas; ollas, cántaros, tinajas, jarros y demás vajilla de barro y de madera.

Según Cobo, formaban parte del menaje doméstico "grandes tinajas que eran utilizadas tanto como depósitos para chicha como arcas para guardar especies silvestres; cántaros de diferentes tamaños, tazas y vasos, mates o calabazas decorada, queros relucientes de varios colores, aquillas de oro y de plata, ollas de barro sin vidriar, mecas o platos de palo y pucos que eran los de barro, cazuelas medianas y chuas... Había tostadores de maíz que eran como unas cazuelas de barro con agujeros (Cobo 1956. Cap, XXV).

Debido a esta carencia de referencias documentales que ilustren el proceso ceramista del período prehispánico y colonial, una aproximación al problema puede intentarse desde el punto de vista tecnológico. El uso de los datos etnográficos como ayuda a la interpretación arqueológica abre la posibilidad de una real aproximación al entendimiento de la antigua alfarería andina, tanto desde el punto de vista de la división sexual del trabajo como de los aspectos tecnológicos implícitos en la dinámica cultural del grupo, Ergo, bajo estas consideraciones valgan dos observaciones marginales en cuanto a la división sexual del trabajo y la tecnología alfarera de los Andes Centrales.

a. División del trabajo

Linné, al tratar sobre la producción actual de la alfarería sudamericana, ha señalado que en la selva baja ésta es ocupaci6n femenina, mientras que en el área de las denominadas "altas culturas" la tarea es eminentemente masculina, debido a que es una labor artesana1 especializada y no el producto de una sociedad en la que al auto-abastecimiento individual se considera característica dominante. (Linné 1925; Willey 1949: 141). Si se toma sensu-lato esta proposición y la retrocedemos a la época prehispánica, al Horizonte Tardío, apreciamos una estricta división del trabajo entre sexos; así la alfarería fue ocupación femenina entre los grupos étnicos marginales, en los que teóricamente cada mujer hábil debió producir su propia vajilla ordinaria para uso doméstico y de almacenamiento.

Al contrario, en las naciones y comunidades integrantes del Tahuantinsuyo, con un patrón social bien establecido, la alfarería resultaba una verdadera especialización artesanal, con talleres y oficiales que hicieron posible una vasta producción en masa. El supuesto parece válido. Sin embargo, el examen de los datos etnográficos actuales nos enfrenta a una nueva situación. En las comunidades de habla quechua, la manufactura alfarera puede ser ocupación masculina o femenina, aunque porcentualmente las mujeres son menos (Mishkin 1946: 433); mientras que en las comunidades aymara, la alfarería es ocupación predominantemente masculina, si bien las mujeres pueden contribuir al modelado de vasijas sencillas (Tschopik 1946: 536). Entonces, ¿hasta qué punto la alfarería fue el resultando del esfuerzo mancomunado de varios alfareros y/o alfareras?

Aunque el estudio etnográfico de los aymara actuales, como modo de interpretar la tecnología alfarera precolombina, le permitió concluir a Tschopik que ésta aparecía como una actividad eminentemente masculina desde la época prehispánica y que el patrón no fue del todo diferente al del antiguo Perú (1950: 212), una revaluación de los datos actuales da pie a la suposición de Foster, en el sentido que la actual especialización ceramista puede ser consecuencia de una creciente economía de mercado. En fin, lo evidente en la alfarería prehispánica andina es que si ciertamente se desconoció el uso del torno -que tipifica la producción en masa- en cambio, el empleo de moldes -rasgo también. de la producción artesanal- estuvo ampliamente difundido. Así, resulta pues manifiesto que la cerámica moldeada fue un producto artesanal especializado, hecho exclusivamente por varones, y que las obras resultantes fueron también un producto especializado hecho sea para un jefe o para un Estado de nivel arcaico.

b. Tecnología alfarera

En una aproximación al estudio tecnológico de la alfarería, el aspecto más importante a discutir comprende los problemas enfrentados por los alfareros en la manufactura de sus productos, en su propio consumo local y en la red de distribución en una economía de mercado. En un estudio arqueológico o etnográfico se pueden sugerir una serie de considerandos, desde órdenes diferentes. Estas cuestiones pueden ser tanto de naturaleza técnica como cultural, y aunque los arqueólogos y etnó1ogos no siempre deben esperar una respuesta adecuada a todas ellas, un conocimiento de las variables más importantes puede ayudar a esclarecer este viejo problema, y abrir el camino a una nueva interpretación de los datos.

Este aspecto de la tecnología, que se define como ecología alfarera, se dirige básicamente a buscar la relaciones entre producto final y quehacer social, incluyendo en ella la actitud psicológica del artesano con respecto a los diversos momentos de la producción. Retomando las pocas observaciones que sobre la alfarería andina actual se han registrado, podemos hacer una evaluación cruda de los datos como un intento preliminar de precisar ciertos puntos que permitan, por contraste, interpretar la alfarería prehispánica. Sabemos que los artesanos andinos son obviamente conservadores, y que los rápidos y violentos cambios que trajo la conquista española apenas se reflejan en muchas de las manualidades tradicionales.

En cuanto a la alfarería doméstica indígena, ésta continuó manufacturándose según su propia regulación en la mayoría de los antiguos centros productores. Sin embargo, durante la época colonial la manufactura de cerámica declinó considerablemente debido al poco interés que los españoles mostraron en estos menesteres, siendo eventualmente algunas vasijas suplantadas por depósitos de metal u otros de mejor o más imperecederos materiales. Igual cosa sucedió en grupos de la selva y otras áreas marginales de los Andes Centrales, que han sufrido presiones culturales diversas. El resultado de este proceso se manifiesta fundamentalmente en un cambio radical en las fuentes de aprovisionamiento de la arcilla.

Así, mientras en la época prehispánica las arcillas se obtenían de las terrazas de los ríos, durante la época posterior a la Conquista éstas proceden mayormente de minas especiales, ubicadas generalmente en los flancos escarpados de cerros altos. Esta diferencia y preferencia de las fuentes podría vincularse al nuevo patrón de uso de la tierra, a las prácticas de irrigación o a cualquier otra posibilidad. En lo que respecta al material aplástico, temperante o desgrasante, que se añade intencionalmente a la arcilla para evitar su excesiva plasticidad y dar más cuerpo al material bruto, encontramos que los grupos étnicos situados próximos a los ríos utilizan con más frecuencia arena o conchas molidas, mientras que tiestos, rocas molidas y diversos materiales orgánicos son característicos de poblaciones cuya subsistencia básica no procede de las márgenes de los ríos. En la región andina el uso de tiestos molidos como temperante es característica exclusiva de la alfarería de la región oriental, mientras que el uso de una segunda arcilla de componentes gruesos es típica de las comunidades alfareras serranas, en las que también la cocción en hornos cerrados especiales deviene una característica importante.

En cuanto a las técnicas de manufacturas, el enrollado y el uso del plato-molde en el modelado dominan en el área andina, aunque la validez de esta afirmación está sujeta a la validez de las observaciones registradas, puesto que más de dos técnicas conocidas pueden utilizarse en la manufactura de la misma pieza, especialmente. en vasijas de grandes dimensiones en las que se hace necesaria su construcción en partes. De cualquier modo, el empleo del plato-molde, tilla o muyupuchaca, es característico de la sierra central y sur; mientras que el paleteado sobre una horma, el uso de una base plana, -tabla o piedra- para modelar, y el uso de moldes son exclusivos de la costa norte y valle de Cajamarca.

La pintura e incisiones son técnicas complementarias y muy frecuentes. La decoración a base de marcas de cordeles o impresión de dedos, corrugado y aplicación no existe prácticamente en la costa y sierra, siendo más bien una característica de los grupos selvícolas. Hay, igualmente, una tendencia entre los grupos alfareros a dejar las vasijas utilitarias sin decoraci6n, mientras que éstas aparecen profundamente decoradas en las comunidades en las cuales la producción responde a una economía de mercado. En las actuales comunidades alfareras, en las que se ha registrado la manufactura de las denominadas vasijas efigies, así como la elaboración de vasijas en miniatura o figurines, ésta forma parte del aprendizaje del oficio, y está sujeta a una economía de mercado relacionada íntimamente con actividades religiosas, o destinada a favorecerlas, cuando no vinculada a la demanda de los turistas.

En suma, se puede concluir que actualmente el oficio de alfarera resulta exclusivo de la región oriental, ceja de selva y selva baja, y sólo excepcionalmente de las comunidades marginales de la sierra central y sur, situadas a grandes alturas, y en las cuales la cerámica manufacturada es sencilla y de uso doméstico. En. las comunidades alfareras, donde su producción se considera como una especialidad, con carácter de exportación, la fabricación se halla enmarcada dentro del nivel familiar o de taller, con participación de todo el grupo, sin discriminación de edad ni sexo.

Salvo estos dos extremos, en el resto del Perú la producción alfarera proviene indiscriminadamente de hombres o mujeres, aunque con cierta tendencia a ser actividad masculina. Queda por esclarecer, en última instancia, un aspecto trascendente en la interpretación arqueológica: los alfareros migrantes, como los de Conchucos y Cusquidén, que durante ciertas temporadas salen de sus comunidades y peregrinan por el Callejón de Huaylas y grandes centros agrícolas de la costa norte, llevando todos sus imp1ementos, incluso la arcilla, para en esos lugares fabricar y luego vender o cambiar sus vasijas con los productos alimenticios que les son necesarios.

(*) RAVINES, Roger.- "Alfarería". En: Ravines, Roger, comp..- Tecnología Andina.- Lima, IEP, 1978.- pp. 401 - 406

Textos contenidos en el CD del Fondo Documentario de la Cultura Peruana
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Daniel Castillo Benites
Administrador de Lista
ARQUEOLOGIA RED CIENTIFICA PERUANA
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